8.07.2011

Cuento dominical: Mi amigo y yo


Fue en una calle repleta de gente. Estaba caminando sin rumbo fijo y oí los disparos. Mi primera reacción fue tirarme al suelo pero caí antes de decidir hacerlo. Vi un enorme charco rojo sobre la acera y en el deposité la cara. Estaba calientita. Fresquita. La bala me había partido el cráneo en mil pedazos, o al menos eso sentía. Oí pasos, gente que gritaba, señoras que pedían auxilio y sentí que algo se acercaba a mi cara, que me ponía los dedos en la yugular mientras me decía, te lo advertí, te dije que no te metieras, pero no me hiciste caso, no sabes cuánto lo siento. Traté de enfocar la mirada, confirmar si la voz que creía reconocer correspondía a la cara que esperaba, pero no lo logré. Un líquido viscoso me cubría los ojos nublándolo todo. Pero era su voz. Aunque mi desparramado cerebro se negara a aceptarlo, era su voz, la voz de Rubén, mi compañero del colegio y de la universidad, mi mejor amigo desde la infancia, mi hermano. No podía ser. Decidí no morirme hasta estar seguro que no lo era pero no pude evitar derramar unas lágrimas cuando lo escuché gritar, ¡¡¡Jaime!!! ¡¡¡Hermano!!! ¡¡¡No te mueras!!! ¡¡¡No nos dejes!!! ¡¡¡Maldiiiitooooooos!!! Y decidí morirme, ahí mismo, mientras me sostenía en sus brazos. No lo iba a decepcionar precisamente en ese momento tan vital de su existencia.

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