2.13.2007

Grunge: peyorata, apología, recuerdos

Re-escuchando, reviviendo sea tal vez el verbo más adecuado, el grunge noventero he finalmente entendido que Alice in Chains era un grupo acústico, aunque se disfrazara con esquizofrénicos distorcionadores y monstruosos amplificadores. Si se escucha el Unplugged o el Jar of Flies, se nota claramente que el sonido es irremediablemente folk, que necesita de la madera para acompañar las melancólicas armonías de Layne Staley y Jerry Cantrel. Igualmente, basta oír Man in a Box o Angry Chair para concluir que Alice fue definitivamente el grupo más introvertido del grunge, así como entender la paradójica y profunda soledad del individuo en un sistema basado en la astronómica veneración de la individualidad. Alice me refiere a momentos de soledad, a madrugadas interminables terminando maquetas y planos irrelevantes, a noches regresando de la Antigua (en las cuales siempre se vuelve solo), o a la última cerveza de la noche, cuando el grupo reunido se ha convertido simplemente en la suma aritmética de algunos individuos. 

Pero si Alice in Chains me trae de la memoria momentos de soledad, Pearl Jam fue, por excelencia, la música de fondo de cualquier fiesta que seriamente pretendiera serlo. Fue, decididamente, el único grupo sobre el que todos podían estar de acuerdo: apabullante, estupendo, inmortal, original, único. En definitiva, lo mejor que salió de Seattle. Los miércoles en Dash no hubieron sido los mismos sin Pearl Jam; los grupos en Guatemala a principios de los noventa no hubieran tenido a quien imitar; y las tardes y noches en Café Oro hubieran sido mucho más aburridas. Era tanta la euforia que el grupo generaba que recuerdo una fiesta hecha en casa de Alexis, el baterista de La Tona, específicamente para escuchar Vitology, el tercer disco de la banda, traído a Guatemala el mismo día de su salida por su admirador más fiel, Omar Méndez, cantante de Viernes Verde.

Incuestionablemente, Pearl Jam fue el grupo que más se acercaba a lo que experimentábamos todos los veinte-añeros en un país que aún no decidía como seguir aplacando las voces de los que exigían un cambio, pero que parecía inclinarse a cambiar las desapariciones y los asesinatos selectivos por la indiferencia, un método si bien menos violento, no por ello menos efectivo. Así, temas que hablaban de desesperanza, depresión, soledad, muerte y alienación, originalmente el producto de una sociedad autocomplaciente, hicieron eco en una que no complacía a nadie. Pearl Jam, pues, me remonta a cafés, cervezas, filosofía barata y tie
mpo libre. Me hace pensar en todos aquellos que pululaban todos esos antros donde las mismas personas escuchábamos las mismas canciones de los mismos grupos todos los fines de semana, lugares como El Pie de Lana, La Bodeguita del Centro, Café Oro, Rock Teens, Drinks and Things y La Galería en la capital, o Latinos y 1612 en la Antigua.

He reafirmado, también, que Soundgarden nunca me gustó (y aún no sé por que) y que Stone Temple Pilots y Smashing Pumpkins, a pesar de ciertas pinceladas de genialidad, son prescindibles y olvidables, simples miembros de una segunda generación grunge de imitadores que cayó, irremediable y, me atrevería a decir, conscientemente, en el jueguito de las modas musicales, las mafias de las disqueras y la comercialización desenfrenada y oportunista. 

Habiendo mencionado a Pearl Jam, Alice in Chains y Soundgarden, debería hablar del que falta hablar.Si bien acepto que los noventa realmente empiezan en septiembre de 1991 con el Nevermind y el olor a espíritu joven, un olor totalmente inesperado que sacudió las más empolvadas narices del panorama musical, Cobain y compañía nunca me parecieron la gran cosa cuando recién se dieron a conocer. Hoy, sin embargo, mi percepción ha cambiado y reconozco su genialidad. Les agradecí siempre, eso sí, haberle dado el jaque mate al glam metal ochentero (que Warrant tuviera éxito era ya demasiado) y entiendo que tras una década de bandas más preocupadas por la imagen que por la música, las camisas de granjero, los jeans rotos, el pelo despeinado y sucio, y las letras irreverentes e introvertidas (bueno, al menos las que era posible entender) ocasionaran una revolución. Pero para mí, probablemente influenciado por el hecho de haber crecido en los ochentas escuchando grupos que sonaban mucho más crudos, directos, implacables y críticos (Sex Pistols, Clash, Ramones, Misfits, Black Flag y grupos subte limeños como Leuzemia, Narcosis, G3 y Eructo Maldonado, entre otros), Nirvana no tenía mucho que ofrecer más allá de ira, huevos, y una actitud demoledora. 

Aún así, Nirvana me trae ciertos recuerdos que me remiten, mayormente, a mi hermano. Tres años menor que yo, y sin la injerencia musical del rock sudamericano, apreció mucho más que yo la música de Cobain. Puede ser algo generacional, claro. Alrededor de los 18, tres años son muchísimo tiempo y para gente como yo que, aunque duela aceptarlo y de cierta vergüenza, fuimos seguidores del glam rock, es posible que inconscientemente no le perdonemos a Nirvana el haberle puesto el punto final a esa era. (En mi defensa debo decir que fui fan de la primera generación del glam metal, la de Guns N’ Roses o Motley Crüe, y no de la decadente segunda encabezada por Warrant, Slaughter y, hasta escribir el nombre da vergüenza, Nelson).

Sea como fuere, los recuerdos y las memorias no están echas sólo de imágenes. Una melodía, un casi imperceptible aroma o la textura de la banqueta bajo los pies al caminar son capaces de sacar a flote (¿de dónde?) momentos olvidados, lecciones desaprendidas, caras borrosas, amores pasados, besos (no) dados, cervezas terminadas, cafés amargos, discusiones apasionadas, amigos(as) olvidados(as). Más aún, un mes de soledad en tierras nevadas es capaz de ponerte frente a lagunas mentales que incomodan. Y es por eso, supongo, que cada vez que voy al Heidelberg de Ann Arbor, el bar que queda a tres cuadras de donde ahora vivo, pongo las mismas tres canciones en la rockola digital: Daughter (Pearl Jam), Karma Police (Radiohead) y Space Oddity (David Bowie). La primera me lleva al primer lustro de los noventa; la segunda, al segundo (y que amerita otro artículo separado); y la tercera, la de Bowie, pues la relaciono con los grupos ochenteros sudamericanos, y, en la rockola digital del bar, es el único substituto posible. Claro, The Clash sería más adecuado, pero no está.

(Febrero 2007)
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3 comments:

  1. Anonymous24.9.11

    Wow, flash-back grueso!!!! esos momentos en los cuales uno solo esperaba de regresar del "cole", almorzar y ver que disco ir a oir donde el "Peru" y dejar pasar la tarde hablando pendejadas y como decis vos "hablando de filosofía barata". No mames Peru que buenos recuerdos y que buen análisis. Yo si tuve un poco más de influencia del glam metal, y no me dejaras mentir que en su momento hasta "Poison" era respetable. Especialmente para el Iriarte que se frustraba al ver al bajista tocar con el pulgar. Damn que momentos mas cague de risa. En honor a esos momentos tendré que oir un buen disco de esas epocas y creo que va a ser "candlebox" y un poco de Faith No More (pero de los viejos). Espero no desesperar a la familia... jajajjajaja. Perú, te mando un fuerte abrazo y saludame a tu Family!!!!!

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  2. Anonymous3.5.12

    El Legendario Perú... no sabía que era usted, maestro. Discrepo de su interpretación histórica. No sólo del rock, sino de todo. Aunque hay puntos que usted plantea con los que estoy de acuerdo, son los menos. Eso no significa que no disfrute -y mucho- leer sus escritos, que descubrí hoy. Y tampoco significa que no respete mucho su trabajo, el de músico y el de bloguero. Le agradezco un vergo por tomarse el trabajo de escribir todo esto. (insisto, apenas estoy conociendo su blog; ya le escribí un comentario a su artículo sobre bohemia etc.) Habiendo dicho eso, creo que debo insistir en que no comparto sus formas de interpretar la realidad. Y sus gustos... no voy a juzgar, pues. A mí tampoco me gustó Nirvana en su momento. Y todavía no me gusta. El Glam Metal fue importante para mí en mis años de adolescencia, pero lo valoro porque me permitió internarme en el verdadero metal. Alice in Chains, para mí como para usted, es una bandota, con importante significación personal. Pearl Jam, más o menos me pela la verga, aunque sé valorar su calidad e importancia. Soundgarden... para mí, lo más valioso de toda esa categoría mercadológica llamada "grunge". Por lo menos hasta el badmotorfinger. Ya después, su música a mí me da hueva. Especialmente al compararla con la música que esa mara quería imitar.
    Creo que tendríamos mucho que platicar, maestro. Especialmente sobre nuestras discrepancias. Gracias, una vez más, por escribir todo esto.
    Salú...
    Usted no me conoce. Le cuento: yo tocaba en bandas de hardcore y thrash metal desde 1992, aquí en guatemala. asistía a conciertos de esa escena desde 1989, y sé de fuentes incontrovertibles que esa onda venía existiendo, aquí en Guate, por lo menos desde 1979. Eso sin tomar en cuenta toda esa herencia que le debemos a los grupos guatemaltecos de los 1970s, 1960s, e incluso 1950s...
    Una vez más: gracias y salú!

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  3. Gracias por el comentario. En música se rompen opiniones y ahí esta la gracia... Un abrazo.

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